Ella nunca supo que yo estaba interviniendo

La semana pasada escribí sobre una pregunta que me acompaña mucho cuando trabajo con adolescentes: ¿qué hay detrás de aquello que estamos viendo?

Hoy quiero contar la historia que tenía en la cabeza mientras escribía aquel artículo.

Es un caso real de intervención familiar que comencé a finales de agosto del año pasado y que finalizamos en mayo. No utilizaré ningún dato que permita identificar a la adolescente ni a su familia.

Cuando llegué a aquella familia, su hija tenía 15 años. Atravesaba una depresión profunda. Llevaba aproximadamente un año sin ir al instituto y había dejado también su deporte favorito, algo que hasta entonces había formado una parte importante de su vida.

Poco a poco se había ido aislando. Hasta que prácticamente todo su mundo terminó reducido a una cama.

Sus padres querían lo mismo que querría cualquier padre en esa situación: que se levantara, que saliera, que volviera al instituto, que recuperara sus relaciones, su deporte, sus ganas. Que volviera a vivir.

Pero yo no empecé intentando cambiar nada de ella. De hecho, yo nunca trabajé directamente con ella.

Antes de mirar lo que hacía, necesitaba entender su historia

Cuando un adolescente lleva tanto tiempo apagándose, es muy fácil que toda la atención termine concentrada en él: ella es la que no se levanta, la que no va al instituto, la que ha dejado el deporte, la que está deprimida.

Pero yo necesitaba mirar más atrás y, sobre todo, alrededor. Conocer su historia, sus vínculos, lo que había cambiado, qué valor tenían determinadas cosas para ella y qué estaban haciendo sus padres intentando ayudarla.

Y hubo algo que entendí bastante pronto: para aquella adolescente, la familia tenía un valor enorme.

No bastaba con que su familia siguiera existiendo. Necesitaba volver a vivirla

Sus padres estaban separados, pero ambos estaban muy presentes. Los dos habían rehecho sus vidas y sus respectivas parejas también formaban parte del día a día de las chicas. Se llevaban bien entre todos, podían coincidir y acudían juntos a momentos importantes.

Desde fuera era fácil pensar: «Qué bien han gestionado esta separación». Y seguramente, en muchos aspectos, así era.

Pero aquello me hizo ver una diferencia que terminó siendo decisiva: que todos estuvieran presentes no significaba necesariamente que ella estuviera sintiendo aquello que necesitaba sentir.

Para ella había algo que conservaba un significado propio: su padre, su madre, su hermana y ella. Su familia.

No se trataba de excluir a las nuevas parejas ni de negar las nuevas familias que sus padres habían construido. Mucho menos de intentar reconstruir una pareja que ya no existía.

Se trataba de comprender que podía querer y aceptar perfectamente a las nuevas parejas de sus padres y, al mismo tiempo, necesitar seguir sintiendo que aquella familia de la que ella había nacido conservaba un espacio propio.

Así que empezamos a recuperar esos espacios. Solo ellos cuatro: padre, madre y las dos hermanas.

Al principio, sus padres me contaban que a las chicas aquello les parecía raro. Era lógico: hacía tiempo que esa forma de estar juntos había dejado de formar parte de su normalidad.

Pero poco a poco empezaron a disfrutar de aquellos encuentros. Había risas, conversaciones, diversión y también llantos. Momentos para emocionarse y otros simplemente para pasarlo bien.

Aquellos encuentros no estaban reconstruyendo una pareja. Estaban reconstruyendo una experiencia de familia.

Con el tiempo, aquellos momentos empezaron a sentirse casi como alimento para el alma. Y ahí entendí algo que hoy sigo teniendo muy presente: no bastaba con que su familia siguiera existiendo. Necesitaba volver a vivirla.

Unir a los padres, no a la pareja

Ese matiz era fundamental. Yo no estaba trabajando para que sus padres volvieran a estar juntos. Estaba trabajando para que pudieran volver a sentirse unidos en aquello que nunca había terminado: ser padres de sus hijas.

La pareja puede terminar. La parentalidad, no.

Necesitábamos que aquellas chicas pudieran experimentar que, aunque la estructura familiar hubiera cambiado, seguían teniendo un lugar. No bastaba con decirlo. Había que vivirlo.

Sentarse juntos. Reír. Llorar. Compartir. Crear momentos nuevos. La pertenencia no basta con explicarla. Necesita poder experimentarse.

Las nuevas parejas también tuvieron que entenderlo

Crear aquellos espacios solo para ellos cuatro tampoco fue sencillo al principio. Las nuevas parejas de los padres formaban parte de sus vidas y, inicialmente, no entendieron bien por qué era necesario recuperar momentos en los que estuvieran solamente los padres y sus hijas.

Puedo comprenderlo. Desde fuera podía sentirse incluso como una exclusión. Pero ese nunca fue el objetivo.

No cuestionábamos su lugar, ni el cariño que existía, ni las nuevas familias que se habían construido. Estábamos intentando recuperar algo muy concreto que aquella adolescente necesitaba volver a experimentar.

Cuando entendieron el objetivo de la intervención, lo facilitaron. Y eso también fue importante: en un momento especialmente difícil para aquella familia, permitieron que las chicas recuperaran esos espacios con sus padres.

Ella nunca supo que yo estaba allí

Esta es probablemente la parte de aquel caso que mejor explica mi forma de intervenir.

La adolescente nunca supo que yo estaba trabajando con sus padres. No tuve sesiones de intervención familiar con ella. No intenté explicarle qué le estaba pasando. No le pedí que entendiera a sus padres. No le pedí que cambiara.

Mi trabajo se producía detrás, con los adultos.

Hubo situaciones especialmente delicadas en las que los padres necesitaban saber cómo responder en ese mismo momento. Hablábamos, mirábamos qué estaba ocurriendo, valorábamos qué podían hacer diferente y eran ellos quienes intervenían.

Ella no veía a una profesional. Veía a sus padres

No sabía que detrás de algunas respuestas había habido una conversación. No sabía que determinadas decisiones se habían pensado. No sabía que sus padres estaban aprendiendo a mirar algunas situaciones de otra manera.

Ella solo empezó a experimentar cambios en ellos.

Y para mí esto es enorme. Porque yo puedo acompañar a una familia durante un tiempo, pero no soy quien estará allí cada día.

Son sus padres quienes estarán después de una discusión. Ante una negativa. Cuando haya que sostener un límite. Cuando haya que acercarse. Cuando haya que retirarse. Cuando haya que confiar.

Por eso nunca he querido ocupar el lugar de los padres. Muchas veces mi trabajo consiste precisamente en ayudarles a recuperar el suyo.

A veces, el primer cambio no tiene que hacerlo el adolescente

Este caso me recordó algo que hoy está en la raíz de mi manera de intervenir: cuando una conducta nos preocupa, mirar al adolescente es necesario, pero mirar únicamente al adolescente puede dejarnos fuera una parte esencial de la historia.

Los padres no son culpables de lo que les ocurre a sus hijos. Pero sí pueden tener una enorme capacidad para formar parte de la solución.

A veces, antes de preguntarnos qué tiene que cambiar el adolescente, conviene empezar por otra pregunta:

¿Qué podemos hacer diferente los adultos que estamos a su alrededor?

"Ella no veía a una profesional. Veía a sus padres"

Cristina López Velasco
Educadora Social
Intervención Familiar Sistémica Estratégica
Autora del modelo Raíces Familiares
Instituto TU IMPULSO

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