En el artículo anterior conté la historia de una adolescente de 15 años que llevaba aproximadamente un año sin ir al instituto, había abandonado su deporte y se había ido aislando hasta que prácticamente todo su mundo quedó reducido a una cama.
Conté también algo que para mí fue esencial: yo nunca trabajé directamente con ella. Mi intervención se produjo con sus padres. Ella no sabía que detrás de algunos cambios que empezó a experimentar en casa había conversaciones, acuerdos y una forma distinta de mirar lo que estaba ocurriendo.
Una parte importante de aquel proceso consistió en ayudarla a recuperar una experiencia de pertenencia: volver a sentir que, aunque la estructura familiar hubiera cambiado, su familia seguía estando ahí.
Pero aquello era solo una parte.
Había otra certeza que también necesitaba recuperar: no solo «mi familia está ahí», sino también «yo puedo».
Ella también tuvo su propio espacio
Que mi intervención fuera con los padres no significa que ella no recibiera otros apoyos.
Daniel trabajó directamente con ella desde el coaching deportivo, desde un lugar diferente al mío y conectado con una parte importante de su identidad: el deporte.
Eso también formó parte del proceso.
Porque intervenir de manera sistémica no significa pensar que todo se resuelve en la familia. Significa comprender que cada pieza puede tener una función y que los apoyos deben responder a lo que esa persona necesita en cada momento.
Una cita que nunca llegó a producirse
Hay algo de aquel caso que jamás olvidaré.
Empecé a trabajar con los padres a finales de agosto. Desde hacía bastante tiempo tenían solicitada una cita con Psiquiatría para su hija y, finalmente, se la dieron para octubre.
Quiero contar esta parte con mucho cuidado.
Creo profundamente en el trabajo coordinado entre profesionales. Hay adolescentes que necesitan atención psicológica, psiquiátrica o médica, y hay situaciones en las que una valoración psiquiátrica y la medicación pueden ser necesarias e incluso fundamentales.
Mi reflexión no va contra la Psiquiatría ni contra la medicación. Va hacia otro lugar.
La ayuda también tiene un significado
Cuando trabajamos con alguien tan joven, además de preguntarnos qué ayuda necesita, a mí me parece importante preguntarnos también:
¿Qué significado está dando ese adolescente a toda la ayuda que estamos poniendo a su alrededor?
Porque los adultos podemos decir: «Vamos al psiquiatra porque queremos ayudarte». Pero un adolescente podría llegar a escuchar algo diferente: «El problema soy yo». «Yo soy quien tiene que cambiar». «Hay algo defectuoso en mí».
No necesariamente ocurre así. Pero puede ocurrir.
Por eso creo que, siempre que la situación clínica lo permita y sin retrasar una atención necesaria, también debemos mirar qué podemos empezar a hacer alrededor del adolescente: con sus vínculos, con su entorno, con las respuestas de los adultos y con aquello que puede estar necesitando recuperar.
Durante aproximadamente aquel mes y medio, sus padres fueron haciendo cambios. Recuperaron espacios familiares, introdujeron acuerdos y empezaron a responder de otra manera en situaciones concretas. Hubo momentos difíciles en los que trabajamos prácticamente en tiempo real para decidir cómo actuar.
Y empezaron a observar cambios en su hija.
Cuando llegó octubre y llegó aquella cita que llevaban tanto tiempo esperando, los padres decidieron no acudir porque, ante la evolución que estaban viendo, consideraron que en aquel momento no era necesario.
Fue una decisión de aquellos padres en aquel caso concreto. No la cuento como una recomendación para otras familias.
La cuento porque me dejó una pregunta que todavía hoy me acompaña:
¿Qué habría ocurrido si hubiéramos colocado desde el principio toda la responsabilidad del cambio sobre aquella adolescente?
Mientras ella parecía ser «la que tenía el problema», había muchísimo que podíamos empezar a cambiar los adultos sin pedirle a ella que cambiara nada.
Sostener no es sustituir
Hubo otra cuestión que apareció durante el proceso y que veo con frecuencia en las familias.
Cuando vemos sufrir a un hijo, queremos evitarle más sufrimiento. Es profundamente humano.
Hacemos cosas por ellos. Resolvemos. Facilitamos. Protegemos.
Y ayudar no es perjudicar. Hay momentos en los que un hijo necesita realmente que lo sostengamos.
La dificultad aparece cuando sustituimos de forma sistemática aquello que, con acompañamiento, podría empezar a hacer por sí mismo.
Porque nuestra ayuda puede llegar a transmitir, sin querer, un mensaje que nunca pretendimos enviar:
«No confían en que pueda».
En aquel proceso también hubo que ir devolviendo espacios de autonomía. No abandonarla a su suerte, sino acompañarla mientras recuperaba poco a poco la experiencia de poder.
Sostener no es sustituir. Acompañar no es rescatar.
Porque la seguridad no consiste solamente en sentir «mi familia está ahí». También necesitamos poder sentir: «Y yo puedo».
Qué ocurrió después
No hubo magia.
Y no quiero contar esta historia como si una depresión profunda desapareciera porque unos padres empiezan a hacer las cosas de otra manera. Los procesos reales son más complejos y no son lineales.
Hubo avances y hubo momentos difíciles.
Pero aquella adolescente, después de aproximadamente un año sin acudir al instituto, consiguió volver.
Poco a poco empezó a recuperar espacios de su vida, sus relaciones y su capacidad para volver a pensar en el futuro. Terminó la ESO y empezó a tomar decisiones sobre qué quería hacer después.
Nuestra intervención terminó en mayo.
Sería injusto atribuir todo lo ocurrido a una sola intervención o a una sola persona. Hubo distintos apoyos, un proceso familiar y, sobre todo, una adolescente que fue recuperando terreno en su propia vida.
Pero hay algo que sí puedo decir de aquel proceso: los adultos dejaron de mirar únicamente qué tenían que conseguir que cambiara ella y empezaron a preguntarse qué podían hacer diferente ellos.
Y ella empezó a vivir una experiencia diferente a su alrededor.
Lo que aquella familia me enseñó
Cuando recuerdo este caso, no pienso primero en una técnica.
Pienso en unos padres aprendiendo a estar de otra manera. En los acuerdos. En los momentos familiares recuperados. En nuevas parejas que entendieron lo que necesitaban las chicas y lo facilitaron. En Daniel ayudándola a reencontrarse con una parte de sí misma desde el deporte.
Y pienso en una adolescente que no tuvo que cargar sola con la responsabilidad de arreglar aquello que estaba ocurriendo.
Los padres lo hacen de la mejor manera que saben, que pueden y que han aprendido. Y a veces lo que necesitan no es que alguien les diga lo que han hecho mal.
Necesitan que alguien les ayude a comprender qué está ocurriendo y les dé nuevas formas de responder.
No porque sean culpables de lo que les ocurre a sus hijos, sino precisamente porque tienen una capacidad enorme para formar parte de la solución.
Aquella familia me confirmó algo que hoy está en la raíz de mi manera de intervenir: antes de preguntarnos qué tenemos que cambiar en el adolescente, muchas veces necesitamos preguntarnos qué podemos cambiar los adultos que estamos a su alrededor.
Y, al mismo tiempo, acompañarlo para que recupere aquello que ninguna ayuda debería quitarle: la experiencia de que puede volver a hacer cosas por sí mismo, tomar decisiones, avanzar y construir su propio camino.
Mi familia está ahí. Y yo puedo
Quizá una parte importante del cambio empiece cuando un adolescente puede volver a sentir dos certezas muy sencillas y, al mismo tiempo, enormes:
Mi familia está ahí. Y yo puedo.
Cristina López Velasco
Educadora Social · Intervención Familiar Sistémica Estratégica
Autora del modelo Raíces Familiares
Instituto TU IMPULSO
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